¿Como orientarnos ante el sindicalismo en la actualidad?

1. Origen y desarrollo del sindicalismo

Desde su surgimiento en el siglo XIX los sindicatos obreros se especializaron en la lucha por reivindicaciones salariales, la reducción de la jornada de trabajo, y la mejora general de las condiciones de trabajo. Sin embargo mantuvieron la aspiración común de la supresión del capitalismo y estrechos lazos y afinidades ideológicas con los partidos obreros que proponían otro modelo de sociedad (socialista, comunista, anarquista…). Incluso alguno de ellos tiene un origen claramente sindical como el Partido Laborista del Reino Unido.

Con el crecimiento de la gran industria y la implantación del Fordismo-Taylorismo en las primeras décadas del siglo XX, crece entre la clase obrera la conciencia solidaria como consecuencia de procesos de trabajos interdependientes en grandes unidades productivas. Eso fortalece enormemente a los sindicatos, que poco a poco van condicionado los cambios sociales que el desarrollo creciente de las fuerzas productivas estaba imponiendo.

Por su parte, este desarrollo capitalista edificado sobre el saqueo de los países dependientes favorece la gran producción y abaratamiento de artículos de consumo en los países adelantados que posibilita el acceso a los trabajadores a bienes que antes eran inexistentes o les resultaban inaccesibles, lo que también condiciona al sindicalismo.

A mitad del siglo pasado, una vez recompuesta la capacidad productiva de las destrucciones de la II Guerra Mundial, se inicia una nueva etapa capitalista, caracterizada básicamente por la reconstrucción de la parte del mundo devastada por la guerra, un nuevo equilibrio entre las potencias hegemónicas y en la que la producción de artículos de consumo duradero ocupa el papel motor de toda la economía. La fabricación de coches, electrodomésticos y otros artículos de consumo a precios asequibles para los trabajadores impulsa la economía en general.

Este avance en el mejoramiento del nivel de vida de los trabajadores, es completado por la consolidación de reivindicaciones históricas de la clase obrera (reducción de la jornada laboral, subsidio de desempleo, sanidad universal, educación gratuita, jubilación y otras ventajas sociales) que se van conquistando a través de los potentes sindicatos en países capitalistas; cuyos gobiernos estaban condicionados por la existencia del campo socialista, -al que miraban de reojo- y por el creciente movimiento de liberación de los pueblos oprimidos. Es la llamada sociedad del bienestar, la aplicación del modelo de crecimiento económico capitalista keynesiano y el desdoblamiento de los crecientes salarios en una parte recibida en metálico y otra en forma de prestaciones socializadas.

La mejora de las condiciones de vida de los trabajadores tienen un efecto contradictorio entre la clase obrera: por un lado permiten el acomodamiento y la extensión de la idea de que el capitalismo puede satisfacer a las masas (se desarrollan en este terreno tanto las teorías que lamentan el conformismo de la clase obrera como las que confían en la posibilidad de suprimir paulatinamente el capitalismo como eurocomunismo en España o compromiso histórico en Italia); pero por otro lado esta mejora de la situación de la clase obrera permite adquirir conciencia de la fuerza de la clase obrera para la conquista de determinados derechos. Pese a todo esa confianza en su fuerza nunca llegó a poner en cuestión el sistema.

Paralelamente, tanto las nuevas prestaciones sociales, como el desarrollo de las fuerzas productivas impulsan el aumento de los trabajadores empleados en los servicios mientras disminuyen los empleados en la industria y agricultura. Estos nuevos trabajadores asalariados –muchos de ellos de origen pequeño-burgués y con formaciones superiores, y técnicas- acuden a los sindicatos sin la histórica tradición de lucha que caracterizaba a los obreros industriales. Pero tampoco los procesos de trabajo donde desempeñan sus funciones –generalmente en pequeñas unidades relativamente autónomas- son propicias para desarrollar una conciencia solidaria desde el punto de vista de clase, aunque en determinados ámbitos de los servicios sociales, la favorece desde el punto de vista social.

La difusión de la ideología de la clase dominante a través de los medios tradicionales (escuelas, universidades, iglesias, y los nuevos medios de comunicación) encuentra cada vez más el terreno más abonado en la medida que los hábitos de vida, de producción y de consumo derivados de las relaciones de producción capitalista van formateando las existencias y costumbres de los trabajadores. Un fenómeno similar señala Engels a Marx en una carta fechada en 1858:: “El proletariado inglés se va aburguesando de hecho cada día más; por lo que se ve, esta nación, la más burguesa de todas, aspira a tener, en resumidas cuentas, al lado de la burguesía una aristocracia burguesa y un proletariado burgués. Naturalmente, por parte de una nación que explota al mundo entero, esto es, hasta cierto punto, lógico”.

Este nuevo marco económico-social favorable a la adopción de los valores capitalistas en la clase obrera, y la consecuente renuncia a contrarrestar el capitalismo con otro modelo de sociedad antagónico, lo que permite que las organizaciones en las que expresan sus intereses inmediatos, los sindicatos, acaben siendo considerados pilares y corresponsables de la sociedad capitalista –en algunos casos constitucionalmente-. Las consecuencias en la comprensión de los métodos de lucha son claras: la movilización es percibida por las direcciones sindicales como medida extrema, y la acción sindical acaba entendiéndose principalmente como negociadora, y de servicios en el contexto de un sistema capitalista mutuamente aceptado.

En un estudio sobre la afiliación sindical en la UE publicado en El Viejo Topo (2008-293) citando a Beneyto dice:

“Si vamos a la variable de edad, los niveles más bajos en general los encontramos entre los jóvenes menores de 30 años, aunque hay algunas diferencias entre países. En relación con la variable ocupacional, las tasas más bajas de afiliación suelen estar en los servicios privados, debido “a sus características estructurales (predominio de pymes y microempresas, sistemas de relaciones laborales débilmente formalizados, etc.)”. En la industria se sitúan los niveles medios y en los servicios públicos los niveles más altos de afiliación. La Tasa de sindicación es siempre mayor en el sector público que en el sector privado.

Respecto a los grupos ocupacionales, los niveles más altos se dan entre los técnicos-profesionales y cuadros y también entre los trabajadores manuales cualificados. Los niveles medios se encuentran entre los administrativos y trabajadores no manuales. Por último, los niveles más bajos se dan entre los trabajadores manuales no cualificados”

La cacareada traición y soborno de las burocracias sindicales no se puede generalizar ya que lo más probable es que se produjera un proceso de ajuste entre la existencia de una clase obrera afiliada en muchos aspectos comprometida con el sistema y sus estructuras de dirección y representación sindical e incluso política. Y ello, independientemente de que algunos sindicatos sigan declarando retóricamente su aspiración a la supresión de las clases sociales.

A fin de frenar la tendencia a la caída de la tasa de beneficios motivada por la cada vez mayor necesidad de inversión de capital para mantener la producción en espiral ascendente, en los años ochenta del siglo XX el sistema capitalista opta por desprenderse del keynesianismo como modelo económico y se decide por la implantación del neo-liberalismo. Se abre un periodo, que se prolonga hasta el presente, caracterizado por la privatización de empresas estatales, por el desmontaje de los servicios públicos y la supresión paulatina de las prestaciones sociales. Con ello lo que se persigue es una bajada de los salarios por la vía de la eliminación de aquella parte que los trabajadores reciben en forma de prestación social. Estas medidas son acompañadas de continuos y renovados pactos sociales con los sindicatos –que con contradicciones hacen suyos los nuevos criterios neoliberales- consagrando la moderación salarial, estableciendo nuevas formas de contratación en beneficio empresarial, anulando derechos, y estableciendo clausulas que representan retrocesos de derechos adquiridos.

Pero en una sociedad cuyo motor de desarrollo era todavía la producción de medios de consumo masivo, el deterioro de la capacidad de compra de los trabajadores bloqueaba la economía y aceleraba el estallido de la crisis de superproducción latente en el modo de producción capitalista. Para evitar tal parálisis se activó a gran escala la concesión de préstamos al consumo a fin de mantener artificialmente el poder de compra de la clase obrera y los sectores populares. Así, se incrementó exageradamente la demanda, y provocó la subida de los precios de algunos artículos de consumo duraderos muy por encima de su valor real –por ejemplo la vivienda, que sirvió como inversión especulativa- y se encadenó a trabajadores a entregar parte de su salario al capital financiero durante años o de por vida.

2. El caso español

En el marco descrito es en el que España entra en la llamada Transición. El desarrollo de la lucha obrera y popular en el Estado Español es peculiar. Se dan cuatro fenómenos que determinan también la forma en la que cristaliza el sindicalismo en este país:

  1. Como en el resto de países, en términos globales, hay un progresivo deterioro real de la capacidad de compra de los trabajadores
  2. La protección de los derechos de la clase obrera en la legislación laboral cede a la presión neoliberal, al tiempo que los sindicatos mayoritarios van asumiendo las sucesivas reformas laborales. (No hay que olvidar que al calor de la lucha contra la dictadura entre el 60 y el 78, la clase obrera arriba conquistando muchas mejoras). El retroceso en el blindaje de derechos laborales de la clase obrera hasta el mismo inicio de la crisis es palmario.
  3. Ese deterioro de la capacidad de compra real y de nuestros derechos queda eclipsado por la extensión de los préstamos al consumo. Gracias especialmente a ese desarrollo artificial de la economía financiera y, al final, gracias al “boom inmobiliario”, se percibe en lo inmediato por la clase trabajadora una sensación de progreso.
  4. Pero además, a esto se suma que, pese a esa disminución de la capacidad de compra real, hay un incremento del salario indirecto, como proyección de la política socialdemócrata del PSOE. Educación, sanidad, y prestaciones sociales se extienden desde los años ochenta. Al final de esta etapa cualquier trabajador percibe que puede asistir a la sanidad ante cualquier problema y que sus hijos pueden tener una carrera universitaria. paralelamente hay una mejora de las condiciones laborales de los sectores vinculados a estos servicios (servicios a la ciudadanía, educación y sanidad). Sectores que tienen un peso importante dentro de la afiliación sindical.

 

Pese a la pérdida real de poder adquisitivo de todos los sectores de la clase obrera. La sensación de progreso de los dos últimos fenómenos señalados tendrá claras consecuencias, especialmente porque las aparentes victorias conseguidas no van acompañadas de movilización y participación de las bases del sindicato. Ni la mejora en las condiciones de trabajo de algunos sectores (sector público), ni la extensión de determinados servicios, ni el aparente aumento de la capacidad de compra implican el compromiso directo de los trabajadores, lo que permite la extensión de la cultura de la delegación y son el abono para la asunción del ideario liberal.

El sindicalismo que se asienta en esta cultura de la delegación y las tesis neoliberales es incapaz de confrontar en la actualidad la dura ofensiva de la oligarquía contra los derechos de los trabajadores, por más que asistamos a un desarrollo progresivo de la lucha obrera. Es ilustrativo el hecho de que en España la afiliación sindical sea, según fuentes, entre el 17,5\% y el 19\% del conjunto de los trabajadores, y en Francia del 8\%. Sin embargo la mayor combatividad de los sindicatos en Francia impiden los recortes en derechos laborales y sociales.

Con el estallido de la crisis económica a finales del año 2007 los grandes capitales intentan mantener o incluso aumentar los beneficios empresariales –que entienden como la condición imprescindible para salir de la crisis- atacando en primer lugar a los salarios percibidos en forma de prestación social con una continua política de recortes, en segundo lugar con el mantenimiento de una bolsa de parados suficiente para posibilitar bajos salarios directos y, en tercer lugar, con legislaciones que adaptan la contratación de la fuerza de trabajo a las necesidades de trabajo precarias, inestables y desprotegidas que requiere ahora un capital que, habiendo descartado el aumento del consumo interno, mira hacia los mercados exteriores; esperando el surgimiento de una nueva producción, sector, producto, o invento que se convierta en motor de toda la economía, como lo fueron los artículos de consumo duradero.

Las direcciones sindicales educadas en la negociación, y el pacto social, previa aceptación implícita o explícita del modo de producción capitalista, no acaban de entender que en estos momentos la defensa de los intereses de los trabajadores choca directamente con el modelo productivo y en el mejor de los casos, se limitan a pedir una reedición del keynesianismo. Esta incomprensión incapacita a los sindicatos para situar objetivos estratégicos a medio plazo y organizar respuestas inmediatas, incluso para su numerosa base afiliada instruida, proveniente de los sectores públicos, técnicos y trabajadores cualificados, sobre los que también se está descargando el peso de la crisis en forma de recortes sociales y salariales directos. Tal es así que, como ocurre en España, las reivindicaciones, protestas, movilizaciones, y a veces negociaciones de los trabajadores de sanidad, educación, y otros servicios públicos circulan por canales diferentes de los sindicatos tradicionales. Por ejemplo las mareas.

3. Por un modelo sindical capaz de dar alternativas útiles

Lo cierto es que especialmente la dirección de los sindicatos mayoritarios (y gran parte del aparato) hoy en sus prácticas asumen los métodos y las ideas de las clases dominantes (a veces con contradicciones), por más que, como restos de un pasado combativo, mantengan en sus principios objetivos a largo plazo. En los estatutos de CCOO, por ejemplo, se explica que “CCOO reivindica los principios de justicia, libertad, igualdad y solidadridad (…) Se orienta hacia la supresión de la sociedad capitalista y la construcción de una sociedad socialista democrática”. Sin embargo, el mismo desarrollo del sindicato ha hecho inocua la apuesta por el socialismo que defiende blanco sobre negro.

¿Quiere esto decir que hay que abandonar los sindicatos mayoritarios y apostar por los sindicatos alternativos? Por supuesto que no. El sindicalismo de delegación, como hemos explicado, ha sido una práctica que se ha desarrollado al calor del mismo avance del capitalismo, y al que ningún sindicato ha sido inmune. Mientras que los sindicatos “mayoritarios” han roto en su práctica con la apuesta por un cambio de modelo social y como consecuencia, pese a tener centenares de miles de afiliados, su combatividad ha sido cuestionable; los sindicatos que han caminado más “alejados” de los métodos e ideas del las clases dominantes y han defendido un sindicalismo más “puro” han acabado cayendo con frecuencia en la marginalidad.

Conviene en cualquier caso entender que el desarrollo de la crisis necesariamente cambia las relaciones entre los sindicatos y la misma clase obrera. Aquellos que han sido más combativos en relación a los mayoritarios en la crisis, se fortalecen. Los sindicatos “mayoritarios” en épocas de crisis y extensión de la movilización, pese a tener centenares de miles de afiliados, van a la zaga del mismo desarrollo del movimiento obrero. Pero siguen siendo útiles a la lucha.

Nuestra apuesta tiene que partir, primero del reconocimiento de los mismos límites de la actividad sindical. Un sindicato, en tanto que recoge las aspiraciones inmediatas de los trabajadores no puede evitar mantener una dependencia íntima con el sentido común del conjunto de la clase obrera. Lo contrario es la muerte del sindicato. Un sindicato, además, en tanto que una de sus funciones, lo quiera o no lo quiera, es regular las relaciones laborales dentro del capitalismo, solo puede contribuir a la superación del capitalismo si no pierde de vista la perspectiva política de superación del sistema. No podemos olvidar que un sindicato siempre va a tener que llegar a acuerdos con la patronal.

Nosotros tenemos que participar en aquellos sindicatos que contribuyan a defender en lo inmediato a los trabajadores sin perder de vista la perspectiva política. Y nuestra intervención en ellos debe partir de criterios objetivos: por números de afiliados, por el número de militantes, por su combatividad, por su relación con la ciudad ciudad, por la práctica democrática, por las posibilidades de intervenir… Pero también subjetivos: por las mismas características de nuestros militantes, ¿cual es el sindicato en el que mejor se puede trabajar?

¿Que modelo de sindicalismo queremos entonces?

Esta crisis está demostrando que dentro del actual modelo productivo ya solo es posible un empeoramiento general de las condiciones de vida y trabajo. Este es un sistema que nos invita a permanecer en él para retroceder continuamente. En estas condiciones una práctica sindical consecuente debe volver a situar como objetivo estratégico la abolición del capitalismo y la construcción de una nueva sociedad capaz de conservar los logros sociales conseguidos, y dar paso una nueva época de avance y progreso.

Pero en estos momentos la fijación de objetivos estratégicos en un nuevo modelo de sociedad superador del capitalismo no aparece como algo difuso e ideal que solo sirve para demostrar la adhesión a una determinada ideología. Ahora, en esta coyuntura y para un largo periodo –salvo que se diera otra situación imprevista- , la defensa y conservación de las ventajas sociales logradas dentro del capitalismo y su extensión y ampliación a otros campos económicos y sociales es incompatible con la supervivencia del modo de producción capitalista; por lo menos en su forma conocida hasta el momento.

Por lo general, los trabajadores afiliados a sindicatos tienen un mayor grado de conciencia social que quienes no lo están. No es casualidad que la fuerte ofensiva del capital que estamos soportando busque el desmantelamiento y derrota total de los sindicatos, por mucho que hayan asumido la misma ideología de las clases dominantes.

A partir de ello es necesario señalar los tres ejes que consideramos vitales para ejercer una acción sindical realmente revolucionaria.

  1. Plantear una acción sindical conectada con la superación del Modo de producción capitalista. Este objetivo no está divorciado de las cientos de movilizaciones que contra los recortes sociales, en defensa de la educación, la sanidad pública, y por la conservación de las prestaciones sociales se están produciendo continuamente en nuestro país. Pero es necesario que los trabajadores tomen conciencia de la trascendencia estratégica de estas movilizaciones y los sindicatos asuman la necesidad de romper el actual modelo productivo
  2. Apostar por la democracia participativa. Lo que significa dos cosas:
    • Apuesta por la transparencia y la participación directa de los militantes y el conjunto de la sociedad en la toma de decisiones. Tanto de los órganos de dirección como de las líneas de trabajo. La cuestión de la democracia participativa se tiene que adaptar a cada momento de desarrollo de la conciencia colectiva. En este sentido, unas primarias abiertas no aseguran la participación ni mucho menos la democracia de una organización, pero en el momento en el que se cumplen las condiciones de que las direcciones de las organizaciones están copadas de conservadores y a la vez están alejadas del movimiento y aspiraciones de la gran mayoría de la sociedad (que a día de hoy se encuentra en posiciones más progresistas que los dirigentes sindicales), las primarias abiertas significan a la vez el hacer un llamamiento a la participación y el barrer de las direcciones sindicales a aquellos que utilizan los sindicatos para otros fines.
    • El acceso a cualquier órgano de dirección se debe hacer con apoyo de las bases primero del mismo sindicato, segundo del resto de la sociedad y con la explicitación de un programa y principios básicos.
  3. Recuperar la solidaridad como el principal punto fuerte de los sindicatos. Los sindicatos no hubieran sido posible si no hubieran utilizado la solidaridad como arma principal. La resistencia contra la burguesía, de un trabajador aislado, resultaba inútil, pero la existencia de unas condiciones de vida y explotación más o menos uniformes facilitó la organización y el apoyo mutuo en las luchas y movilizaciones. Los sindicatos de gestión y asesoramiento –que por lo general han renunciado a la práctica de la solidaridad como instrumento de presión en los conflictos- son incapaces de resultar útiles para los trabajadores de pequeñas empresas, aislados precarios, sometidos a mercados de trabajo desregulados, o regulado de forma retrograda, ilegales, porque en caso de violación de los derechos laborales, incumplimientos de contratos u otros abusos tan frecuentes en las empresas, no aportan otra vía para la defensa de los intereses del trabajador más que el asesoramiento legal, y la mediación. Pero no consideran la movilización en solidaridad como servicio a prestar a fin de inclinar a su favor la resolución del conflicto. Una práctica de clase consecuente pasa por el ejercicio de la solidaridad sindical combativa en todos y cada una de las batallas que se libran en el ámbito laboral. Sin ella, los sindicatos obreros solo hubieran sido posibles en grandes fábricas. Y, sin ella, los trabajadores diseminados en pequeñas empresas, que además son los que peores condiciones de trabajo y salarios soportan, seguirán sin ver su utilidad.
  4. Romper la actual legislación antiobrera. Desde los años ochenta del siglo pasado los trabajadores españoles han soportado continuas, leyes y decretos, que establecían distintos tipos de contratos diseñados en las oficinas de la CEOE; se recortaron los años necesarios para hacer el cálculo de la jubilación; se redujo la indemnización en caso de despido improcedente, se acorto el cobro de la prestación por desempleo; se establecieron contratos que legalizaban la sobreexplotación para los jóvenes, se pusieron a disposición de las empresas contratos para algunas horas diarias, cuando en realidad se emplea a trabajador todo el día, etc. Casi todas estas medidas gubernamentales han sido sancionadas por los actuales sindicatos mayoritarios con una huelga ritual, o una “enérgica protesta”, para a continuación llamar al cumplimiento de la legalidad. Pero nunca, los sindicatos se han propuesto luchar por la aprobación de una ley que claramente represente un avance de los trabajadores, o la derogación de algunas de las cientos aprobadas en sentido contrario. La conquista de mejores condiciones de trabajo, al estilo de la lucha por la jornada de 8 horas, o los derechos sociales y laborales adquiridos, parece que ya no está en los objetivos de los actuales sindicatos.

Pero la resistencia contra los efectos de la crisis nos ha mostrado que con la movilización es posible hacer retroceder a una ley injusta. Y que no hay causa más justa que movilizarse contra una ley injusta. La lucha de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas es un ejemplo.

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