Llamamiento a la cordura

logo.publicaciones.blogAnte el fracaso de la casi totalidad de los intentos de candidaturas unitarias en los municipios de nuestra región, REM se propuso publicar un llamamiento a la unidad. Sin embargo, en las últimas semanas, ante el recrudecimiento de las hostilidades entre las partes llamadas a la unidad, hemos ido posponiendo la tarea. No tenía mucho sentido llamar a la unidad cuando la izquierda murciana se había convertido en un campo de batalla. Ante el malestar generado por desencuentros irresponsables, declaraciones cruzadas en las redes y artículos de opinión envenenados en los medios, podemos aspirar como mucho a un llamamiento a la cordura. En efecto, la locura se ha apoderado de la izquierda con la cercanía de las elecciones.

Nada de lo que ha ocurrido en las últimas semanas tiene sentido a menos que cambiemos la hipótesis de base. Hasta ahora habíamos trabajado sobre la hipótesis de que las distintas organizaciones de izquierdas, a su modo, tienen el objetivo prioritario de transformar la sociedad. Sin embargo, lo ocurrido, especialmente en el municipio de Murcia, no tiene explicación a menos que supongamos que a gran parte de la izquierda de esta región le importa una mierda cambiar realmente las cosas. Se ha puesto de manifiesto que la transformación de la sociedad ha pasado a un segundo plano casi folclórico y que lo primero han sido los egos inmensos, el ansia de aferrarse a insignificantes parcelas de poder, el tacticismo electoralista y el recurso a identidades políticas hipertrofiadas hasta el ridiculo o la impostura.

Si nos tomamos en serio el objetivo de transformar la sociedad y poner las instituciones al servicio de las clases populares, debemos tener claro que el narcisismo, el tacticismo, el cortoplacismo y el fundamentalismo identitario no sirven a ese objetivo. Esto no es un juego en el que conseguir más votos que el compañero de trinchera sirva para algo. Esto no es un concurso de popularidad de la izquierda murciana.

Lo hemos dicho muchas veces. El enemigo que tenemos enfrente es demasiado grande, nos estamos enfrentando a la oligarquía capitalista. Ellos tienen la maquinaria del bipartidismo a su servicio, los medios de comunicación en sus manos, los think tanks creando ideología a pleno rendimiento y las instituciones en su poder. Al poder sólo se le puede vencer oponiéndole un poder semejante. La única estrategia posible es construir un contrapoder que pueda disputar el poder a la oligarquía con las únicas armas que tenemos en nuestras manos: unidad y organización. Nuestras posibilidades de victoria pasan únicamente por construir una unidad social, política y sindical amplia a la que hemos llamado unidad popular.

El caso es que parece que el discurso de la unidad popular como estrategia ha calado en la mayoría de las organizaciones. Seguramente porque previamente ha calado en las clases populares. Es posiblemente lo más repetido y escuchado en los corrillos de la izquierda murciana: si queremos transformar en profundidad la sociedad, no basta con ganar las elecciones, debemos tener detrás una sociedad movilizada. Sin embargo, lo que se repite como un mantra, no ha empapado la praxis política de las organizaciones. Mientras se llama a construir unidad popular se sigue jugando al juego electoralista, personalista e identitario.

Esta disociación entre la teoría y la praxis, entre lo que se dice y lo que se hace, sólo tiene sentido si suponemos que gran parte de la izquierda de nuestra región no cree realmente en los principios que dice mantener. El espectáculo esperpéntico al que hemos asistitdo estas últimas semanas sólo resulta inteligible si suponemos que muchos de los actores que han participado en él no creen nada de lo que dicen. La praxis política ha convertido los discursos de unidad popular, participación ciudadana y democracia radical en carcasas vacías. He aquí la praxis política preelectoral haciendo fosfatina los principios políticos: hablar de candidaturas de unidad popular para referirse a espacios en los que no hay ni unidad ni pueblo, hablar de participación ciudadana y democracia al tiempo que no se aceptan los resultados de unas primarias, hablar de generosidad política al tiempo que se intentan imponer la propia visión o enarbolar discursos obreristas al tiempo que se dilapidan las posibilidades de las clases populares de alcanzar el poder en las instituciones.

Lo cierto es que el tacticismo electoralista, los egos gigantes y el fundamentalismo identitario se han acabado imponiendo a los principios políticos y a la necesidad perentoria de la sociedad murciana de articular un proyecto político unitario para poner las instituciones al servicio de las clases populares.

Ante este fracaso, no tiene mucho sentido llamar a la unidad. Por eso, desde REM, queremos llamar a la cordura y al cese de las hostilidades. Queremos llamar a que la campaña sea limpia, leal y no se pongan palos en las ruedas de los que, si hubiese habido un poco de responsabilidad y altura de miras, habrían ido juntos a las elecciones.

No se trata de un llamamiento naïf a la concordia de la izquierda, sino de un llamamiento a la responsabilidad: no hay que abrir heridas que luego no se puedan cerrar. Más pronto que tarde, las circunstancias nos forzarán a reencontrarnos y a hablar seriamente de unidad. Cuando pasen estas elecciones y el sistema electoral nos haya triturado y asignado parcelitas de poder insignificantes, cuando el desastre que hemos construido se nos haga manifiesto y la oligarquía siga pasando el rodillo de la austeridad; la gente seguirá necesitando un proyecto político y social capaz de disputar el poder a la oligarquía.

En el espacio que queda entre el desastre de las municipales y las elecciones generales, esperamos que los errores nos sirvan de aprendizaje y se impongan la cordura y la responsabilidad. Este país no puede soportar cuatro años más de austeridad, precariedad, paro, deshaucios y crecimiento de la exclusión social. Estamos jugando con las vidas y las esperanzas de la gente. Tenemos una responsabilidad inmensa: cuando, en una situación de emergencia social, la izquierda no es capaz de dar salidas a las necesidades y expectativas de las clases populares, se deja el camino abonado para el florecimiento de los fascismos.

Seguramente, es cierto, la situación en la que se encontraba la izquierda y la falta de organización de los trabajadores y las clases populares, no permitían otro panorama. Las organizaciones no han estado a la altura y la gente no ha sobrepasado el ombliguismo en el que nos encontramos. El trabajo ahora no puede ser otro que el de seguir haciendo pedagogía política y traer a la gente al discurso de ruptura con el régimen desde la unidad popular, el de seguir organizando a la gente y el de hacer que sean estas clases populares las que organizándose un poco más y movilizándose por un mundo mejor, nos exijan lo que no hemos sabido darles: Unidad Popular.

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