Ser buen político y parecerlo

Artículo del compañero Ángel Luis Hernández publicado en eldiario.es

¡Oh, sorpresa! La política dentro de las fronteras de nuestro Estado se ve manchada por la investigación de los periodistas que ha venido a llamarse “Los papeles de Panamá”. Ahora resulta que la Casa Real no solo tenía a Urdangarín como garbanzo negro, parece ahora que tenemos un apellido Borbón en el punto de mira de los medios. Pilar de Borbón, ni más ni menos que la hermana de nuestro otrora campechano Juan Carlos I, pues fue presidenta de la empresa panameña Delantera Financiera desde agosto de 1974 hasta, ‘ups’, el 19 de junio de 2014, el día que Juan Carlos abdica.

¡Oye, que uno tenga empresas en otro país no quiere decir que sea un corrupto! Pues claro, pero es que el problema no está ahí. Seguramente, visto lo visto con el modelo judicial, nadie se atreverá a juzgarla, seguramente nadie tendrá que dar cuentas ante tribunales y posiblemente nos encontremos con algún gesto arrogante y clasista de doña Pilar o cualquier implicado, recordándonos que la impunidad dentro de las fronteras del Estado es la norma para los presuntos delincuentes de guante blanco. Es que claro, para aquellos que tienen mucho dinero, hay poca libertad de empresa, hay muchos impuestos, hay demasiado sistema de bienestar. Por eso se sienten legitimados moralmente, incluso legalmente, para saltarse las más mínimas normas de decencia política.

Pero, decíamos, el problema no está ahí, sino en el hecho de las explicaciones que se pueden dar a actuaciones tan sospechosas de la familia real ante la sociedad. ¿Cómo podemos explicar que sea la tía del actual Jefe del Estado la responsable de una empresa que tiene unos cuantos puntos? ¿Qué narices hace la Casa Real intentando no pagar impuestos en nuestro país? Impuestos que se deben dedicar a todos esos gastos sociales que no paran de recortar, y ¡leñe! ¿Por qué la empresa cierra justo cuando va a abdicar Juan Carlos? Honestamente no veo otra explicación que al final el tinglado está montado para lo que está montado, y es para proteger a los suyos. Evidentemente no son buenos políticos, porque eso de servir al interés general se les ha olvidado, de eso no hay duda. Pero es que realmente ni siquiera se preocupan por parecerlo.

Y es en eso de parecer buen político donde aparece otro problema. Porque parecer buen político si sirves bien a los de arriba no es difícil, la verdad. Si no los sirves, eso es otra cuestión, porque los focos se dirigen a ti en el momento en el que ‘te tires un peo’ en un lugar inapropiado. Si eres de los suyos todas tus ventosidades, claro, saldrán en todos los medios como un gesto de naturalidad y campechanismo extremo. Es fácil parecer buen político si no molestas. Y ni siquiera eso ya lo respetan.

Y esto muestra lo perdidos que están aún los que nos gobiernan; perdidos en el toma y daca de los juegos de trileros parlamentarios, se olvidan de los dos problemas que han hecho la gente se rebele en la calle y en las instituciones. Por un lado, la profunda crisis ha hecho que la gente lo pase mal, y por otro los que están en las instituciones han mostrado una indolencia y distanciamiento extremos frente a los problemas de la gente.

Me pregunto si realmente la ética es un obstáculo en el ámbito de la política… ¿Debe el político domeñar las circunstancias en beneficio propio, o echarse sobre sí el peso de la política en aras del bien común? ¿Moverse en la esfera de la verdad o en la del disimulo y la diplomacia? Está claro que pueden darse momentos en los que incluso el compañero más cercano en el ejercicio político puede convertirse en “un lobo para el hombre”. Tal vez estas situaciones pueden inyectarnos una buena dosis de realidad, y curarnos de la ingenua creencia de que todos trabajamos altruistamente por un mundo mejor, un sistema representativo transparente y efectivo.

¿Son de fiar los hombres que, seducidos por el poder, son apresados en el peculiar juego de la política, y que, en su afán por ganar la partida, se convierten en desleales para con la causa que “les vio nacer”? Y tengo claro que algunos padecen estos males, y que ante esta crisis de valores sólo podemos apelar a los gobernantes filósofos, a la figura del filósofo rey platónico quien, “mirando hacia el cielo” de los grandes universales de la filosofía, a saber, la verdad, la justicia, la bondad, lo recto y lo conveniente, gobierna bajo el estricto sentido del deber conjugando perfectamente el conocimiento del Buen Gobierno con una total indiferencia hacia las “presuntas” prebendas de la política.

Menudo dilema: “ser” (buen político) o “parecerlo”… Prefiero serlo, y como tal denunciar las injusticias, antes de dejar que el juego de la política se deshumanice. Y es que aplicar la ética no tiene por qué conducir a la inacción política, sino al limpio ejercicio de quien prefiere dimitir antes que hipotecar sus convicciones morales, y no forjarse una moral sólo útil a la propia conveniencia. Ahora os pregunto: ¿Cuánta fuerza motivacional tienen vuestras propias normas morales?

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